
Acude el paciente con un dolor intenso en la cara posterior de la rodilla derecha de varios meses de evolución que le impide vestirse con normalidad y, por supuesto, realizar ejercicio físico: le es imposible correr, salir con la bicicleta, jugar a padel o hacer una marcha por la montaña, actividades que considera de extrema importancia. No existe ninguna evidencia de lesión que pueda explicar los síntomas.
Antes, el paciente ha visitado al doctor, algún que otro fisio y ha probado incluso con terapias alternativas. Ninguna le ha funcionado.
Después de la entrevista, en la que se detectan algunas banderas amarillas y de realizar la exploración física de rigor, empezamos con la terapia. El paciente pone una cara de asombro cuando, con el rotulador en la mano empiezo a garabatear un esquema del sistema nervioso en la pizarra, a explicarle el modelo de miedo-evitación de Vlaeyen, los mecanismos de condicionamiento directo, con el perro de Pavlov y demás, todo aderezado con metáforas bastante visuales. Por suerte, la expresión cambia cuando los conceptos, un poco abstractos, empiezan a relacionarse con su rodilla. ¿Por qué duele cuando se palpa el nervio peroneo? ¿Por qué está limitada la elevación de la pierna estirada? El paciente empieza a entender la relación entre estos aspectos y los dibujos de la pizarra, pero también con el dolor, su dolor, que le limita al realizar actividades deportivas y le dificulta atarse las zapatilas.
Planeamos algunos ejercicios de neurodinámica y empezamos una exposición gradual a las actividades correspondientes: ejercicios imaginados de bicicleta en decúbito lateral y algunos otros en contra de la fuerza de la gravedad.
Al final de la sesión, justo antes de abandonar la consulta, me comenta muy alegre que va a empezar a correr y que saldrá el sábado con la bicicleta a almorzar con los amigos. Todo esto mientras abandonaba la consulta y cruzaba la puerta de salida, por lo que no tuve tiempo de corregirle. Me pregunto si, después de todo habrá entendido mi propuesta terapéutica.
Una semana después, en la siguiente visita y como era de esperar, el paciente, demasiado optimista en sus posibilidades, me anuncia el fracaso a la hora de aumentar su nivel de actividad y que continúa con dolores en la rodilla. Después de una valoración concienzuda refiere que se viste con mayor facilidad aunque esta mejoría ha sido insuficiente como para percibirla por sí mismo como tal. Las pruebas clínicas muestran también una mejoría acorde con esta situación, por lo que de nuevo insisto en los aspectos psicosociales de su problema.
Le comento la necesidad de establecer un nivel de actividad inicial acorde a su situación, sobre el que aumentar de manera progresiva la actividad. Ante una de sus preguntas sobre qué hacer cuando sienta dolor le explico que este se comporta como el chivato de aceite de un coche y que antes de ignorarlo debería reflexionar sobre el signficado del mismo para establecer si se trata de una avería en el motor o de un fallo en el sistema de aviso que salta sin motivo, situación ante la que se puede continuar con la actividad física y que corresponde a su estado.
Justo antes de abandonar la consulta, el paciente gira sobre sí mismo y con cara risueña y voz alegre me espeta: “lo del chivato me pasó una vez, camino a la universidad oía un ruído extraño en el motor y, puesto que me molestaba, decidí aumentar el volumen de la radio. Sólo pude continuar unos minutos hasta que empezó a salir humo del mismo y, por supuesto, no llegué a clase”. Me acordé del libro de Lorimer Moseley titulado Painful Yarns, que curiosamente expone los dos ejemplos, y esta vez sí pensé que el paciente había entendido a la perfección el mensaje, por lo que me tranquilicé a mi mismo al respecto del tratamiento.
Aquella segunda visita fue un punto de inflexión en el tratamiento del paciente que, a partir de aquel momento, empezó con una mejora continuada hasta su completa recuperación perceptiva y funcional.

